Entre la resistencia jurídica por el agua en la Mesa de Cazorla y la consolidación de San Jerónimo de Guayabal como nodo estratégico, el bajo Llano configuró su autonomía territorial en las postrimerías del siglo XVIII.
Durante las dos últimas décadas del siglo XVIII, el espacio comprendido entre las riberas del río Orituco, los esteros de Camaguán y el bajo río Guárico se transformó en un dinámico teatro de disputas territoriales. En la Mesa de Cazorla, el poblamiento disperso de pequeños hatueros, labradores e indígenas integrados a la vida parroquial comenzó a chocar contra la pretensión hegemonizadora de los grandes propietarios de tierra, cuyos dominios se extendían sin deslindes precisos desde la época de las composiciones coloniales.
Entre 1780 y 1795, la comunidad de Cazorla protagonizó una notable resistencia jurídica y social frente a las tentativas del hato El Rosario y otras propiedades linderas de cercar los abrevaderos naturales del caño Caracol y los pasos estratégicos del Orituco. La mensura oficial realizada con vara castellana en 1784 y los posteriores fallos emitidos por las autoridades de la Capitanía General preservaron la servidumbre pública de los caminos de vaquería. Aquel litigio no fue un hecho aislado: constituyó la afirmación autonómica de una colectividad que defendía su derecho a permanecer en la sabana.
El tejido institucional: De Cazorla al Paso de Guayabal
La resolución favorable del pleito de Cazorla reinforced la necesidad de consolidar una estructura urbana e institucional que garantizara la presencia del Estado novohispano y la Iglesia en la frontera meridional del Guárico. Es en este punto donde la historia de Cazorla se enlaza indisolublemente con el origen de San Jerónimo de Guayabal.
Durante la histórica visita pastoral del obispo Mariano Martí a la diócesis de Caracas (1771-1784), la necesidad de fijar centros de doctrina y control civil en los pasos fluviales del bajo Llano se volvió prioritaria. La zona del Paso de Guayabal, nudo estratégico para el tránsito de ganado y mercancías entre Calabozo y San Fernando de Apure, requería un asentamiento formal que sirviera de cabecera eclesiástica y administrativa para los hatos dispersos de la región, incluyendo las comunidades articuladas en torno a Cazorla.
Consolidación y proyección en el umbral republicano
Con el avance de la década de 1780 y la definitiva formalización de San Jerónimo de Guayabal como parroquia y villa de doctrina, se tejió una simbiosis territorial indivisible. Mientras Cazorla funcionaba como un bastión de producción pecuaria y soberanía comunal sobre las tierras de pastoreo, Guayabal se erigió en la bisagra política, religiosa y logística de la subregión.
Las familias que sostuvieron las querellas del agua en la Mesa de Cazorla encontraron en la fundación y organización parroquial de Guayabal el respaldo institucional necesario para legalizar sus derechos y asegurar el libre comercio ganadero. A finales del siglo XVIII, este eje urbano-fluvial no solo había consolidado el poblamiento hispanocriollo en las sabanas del Orituco, sino que dejó preparado el terreno sociopolítico y estratégico que, pocos años después, serviría de escenario neurálgico a las campañas de la Guerra de Independencia.
Fuentes y Referencias Bibliográficas
- Botello, Oldman (1995). Historia del Estado Guárico. San Juan de los Morros: Editorial de la Secretaría de Educación y Cultura del Estado Guárico.
- Carrocera, Buenaventura de (1968). Los Capuchinos en Venezuela: Documentos para la historia de las misiones. Caracas: Academia Nacional de la Historia.
- Jabano, José Francisco (2026). Hallazgos sobre la historia de Cazorla. Monografía inédita sobre la historiografía del bajo Llano.
- Jabano, José Francisco (2026). El Paso de Guayabal: Encrucijada Fluvial y Refugio del Huracán Realista en la Independencia de Venezuela. Monografía histórica.
- Martí, Mariano (1969). Documentos relativos a su visita pastoral de la diócesis de Caracas (1771-1784). Caracas: Academia Nacional de la Historia.