Por Luis Eduardo Viso
Hay una calma sagrada en las tardes de Calabozo cuando el sol empieza a desparramarse sobre el campanario de la Catedral y la brisa sabanera ayuda a disipar el calor acumulado en los gruesos paredones de nuestro orgullo: Esas hermosas casas coloniales. Es la misma paz en la que crecieron por tres siglos mis antepasados, mis abuelos, mis padres, y la que yo defiendo como mi más preciado bien. Para nosotros, los calaboceños, el pasado no es un rompecabezas que se deba armar y desarmar cada siglo según el papel que aparezca en un viejo arcón. Nuestra historia está viva, arraigada en las piedras coloniales de nuestras calles y en el orgullo de sabernos hijos de una Villa con nombre y fecha clara de fundación: el 1 de febrero de 1724.
Por eso, cuando escucho a un historiador exigir con vehemencia que las autoridades locales abran los archivos, reescriban las actas y nos hagan viajar medio siglo hacia atrás en su muy particular “túnel del tiempo”, pretendiendo arrastrarnos hasta aquel lejano e inexistente día de Todos los Santos de 1677, siento un profundo rechazo. Tampoco acepto el argumento de quienes intentan suavizar la propuesta diciendo que no buscan cambiar la fecha de la fundación, sino simplemente reconocer “la verdad del nacimiento de la Villa”. Esa es una sutil trampa de palabras. Una comunidad llanera no nace de una intención aislada en un papel extraviado; nace cuando se asienta, cuando echa raíces, cuando levanta su templo y cuando se establece el orden jurídico que nos dio nombre ante el mundo. No es temor al conocimiento; es el cansancio de ver cómo quieren someter la memoria de mis ancestros a un innecesario e interminable vaivén cronológico que inserta de un plumazo casi cincuenta años de una tradición que no tenemos, que no existe.
Yo, Luis Viso, me niego rotundamente a subirme a ese tren del revisionismo. No deseo ver a mis antepasados convertidos en pasajeros de un experimento historiográfico, deambulando sin rumbo por un laberinto temporal que solo genera confusión y desasosiego en el alma colectiva de nuestro pueblo. ¿Con qué derecho desenterramos la certidumbre de generaciones enteras? Durante tres siglos, los calaboceños hemos rezado, cantado, celebrado y construido nuestra identidad sobre los cimientos que los capuchinos y las primeras familias españolas, subsaharianas y aborígenes alzaron en la década de 1720. Cambiar ese hito por un decreto o un papel fechado en 1677 o los papeles sueltos e incoherentes de un cura que nos remite a 1669 no nos hace más sabios, por el contrario nos deja huérfanos de la herencia que ya conocemos y amamos.
El profesor Ubaldo Ruiz, nuestro Cronista Oficial, lo ha expresado con la firmeza del caso al afianzar contundentemente la propuesta tradicional de 1724, esa verdad histórica dotada de una estructura sólida, consolidada en el alma de los Calaboceños.
El pasado debe dejarse descansar en paz cuando ya ha cumplido la hermosa función de darnos un hogar y un destino.
Si los artífices de ese nuevo enfoque quieren seguir hurgando en los anaqueles del tiempo y debatiendo en los pasillos de la Cámara Municipal o en los tribunales civiles o eclesiásticos, que lo hagan. Pero a mis ancestros, a los que forjaron la Villa de Todos los Santos a punta de llano, bestia y fe, que me los dejen tranquilos en el siglo XVIII.
De su histórica travesía nació su propio pueblo y nos lo legaron en perfecta armonía. No necesitan que nadie venga hoy a entregarles un boleto de regreso a un pasado inexistente.
Calabozo es y seguirá siendo la Villa de 1724. No hay decreto ni tribunal que pueda torcer la línea de nuestra sangre, ni el año sagrado de nuestra historia.