La muerte de Pepino Sinacori Glorioso, conocido como Don Pepino, ocurrida esta madrugada, deja al pueblo con la memoria de uno de esos hombres que llegaron de fuera y terminaron sintiéndose —y siendo— orticeños. La noticia fue confirmada por Ana, sobrina del fallecido e hija de Otilio Sinacori, quien vive en Los Dos Caminos, en Ortiz.
Don Pepino nació en Santa Ninfa, en la provincia de Trapani, Sicilia (Italia), el 6 de febrero de 1935. Fue hijo de Giuseppe Sinacori y Ana Glorioso. Tenía 91 años. Su historia se enlaza con la emigración italiana a Venezuela de mediados del siglo XX, como tantas familias que llegaron al país en la posguerra y se dedicaron al comercio, la agricultura y la ganadería. A partir del testimonio de don Domingo Silo Rodríguez, quien reconstruyó parte de su huella en una conversación llena de recuerdos, se puede seguir el recorrido de un hombre que hizo del trabajo y la vida social su manera de arraigarse.
“Yo vine a estudiar de Ortiz a San Juan de los Morros en el año 57; y a Pepino lo conocí aquí, aunque no tuve trato con él”, recuerda Domingo.
Sin embargo, su figura ya era visible en la capital sanjuanera. Don Pepino tuvo un abasto al lado de lo que hoy es la Carnicería del Pueblo, en una casa vieja que después fue de los Vermiglio, frente al Carabobeño. El viejo Pepino, su padre, tuvo una barbería en una casa donde hoy está la Carnicería del Pueblo. Su vínculo familiar con Pedro y Vicente Glorioso —recordados por una frutería y una heladería— ayuda a dibujar a una familia de comerciantes que se movía entre San Juan y Ortiz.
La llegada de los Sinacori a Ortiz no fue un hecho aislado. Según el relato de Domingo, primero se instaló el viejo Pepino, padre de Don Pepino; después llegó Otilio, que tendría unos 17 años y puso una tiendita al lado de la carnicería de Peladito; más tarde se estableció la madre y se integraron las hermanas. Con Otilio, los jóvenes de Ortiz hicieron amistad; según Domingo, prácticamente le enseñaron a hablar castellano. Esa red familiar fue clave para que Don Pepino se sintiera parte del pueblo.
A Ortiz llegó “más o menos comenzando después de la caída de Pérez Jiménez”, hacia 1958 o 1959, y allí se integró con una juventud que lo adoptó pese a la diferencia de edad. “Es mayor que nosotros. La mayoría de los amigos de él somos gente más joven”, dice Domingo. Don Pepino bailaba muy bien, iba a los bailes, parrandeaba, andaba en serenatas y compartía carnavales. En 1964 fue presidente de las fiestas patronales de Ortiz, un cargo que entonces asumía una junta organizadora. “Pepino en el año 64 fue presidente de las fiestas patronales de Ortiz”, confirma el entrevistado. Un año antes, Domingo había estado en la junta junto con su primo Víctor Seijas Pérez y Eduardo Ramos; al año siguiente, Don Pepino presidió la fiesta.
Con el tiempo se casó en Ortiz, el 6 de noviembre de 1966, con Gertrudis Velázquez Mezia, hija de Silverio Velázquez y Juana Mezia, con quien formó familia. “Definitivamente Pepino echó raíces en Ortiz”, resume Domingo. “Tuvo mucha participación con esa juventud de los años 60. Que fue buena. Tuvo sus hijos. Un hombre progresista. Tuvo varios negocios en Ortiz”. Era un siciliano que se sentía —y se creía— orticeño.
Antes del comercio se dedicaba a la venta de ganado; tenía un camión ganadero que manejaba Gil Rodríguez. Ese oficio lo vinculó con la Venezuela rural y ganadera de entonces. Luego optó por los negocios. Se le recuerda el primer abasto grande que tuvo Ortiz, en la década de los 80, y el edificio que construyó en el lugar donde Víctor Arana tuvo una gallera y un patio de bolas criollas. “Fue un hombre muy ligado a Ortiz. A ese Ortiz de los años 60 y comienzo de los 70. Muy querido por nosotros los que nos criamos allá y vivimos con él”, afirma Domingo.
La memoria familiar también lo guarda como bailarín. “Mi hermano Froilán decía que el mejor bailador de pasodoble que vio en Ortiz era Pepino. Y una de las parejas de él para bailar pasodoble era Doña Rosa Vega”, cuenta.
Con su muerte, Ortiz despide a un comerciante, emprendedor, presidente de fiestas y vecino entrañable. Don Pepino no nació en Ortiz, pero se quedó allí hasta confundirse con el pueblo. Como dice Domingo Silo Rodríguez, “echó raíces” y se convirtió en un orticeño por adopción como siempre lo decía.